A la carta que nunca recibí
Quizás, estés en camino. Quizás nunca llegues, porque sencillamente, no exista remitente alguno. Pero algo he de decirte…”seguiré esperándote”.
Mi dedicación a este noble, y casi extinto, medio de comunicación, como lo es el Correo postal, me hace seguir esperando día a día, tu carta.
Sé que estás ahí, en alguna parte.
En cualquier lugar del mundo puedes encontrarte y puede que tus palabras, escritas en tinta de sangre y arena, de mudas y sonoras letras, lleguen a mi oído a modo de susurro que trae la brisa de mi atardecer, y si lo hace, no caerá en saco roto, ni vacío.
Escríbeme, no dudes en hacerlo ni un solo instante más. Hay de aquella persona que recibí su misiva, y que no quería respuesta alguna, únicamente deseaba ser escuchada, oída, entendida, apoyada…
¿Tan difícil es comunicarse hoy? La palabra, por medio de la voz, es un don otorgado por Dios al ser humano, al igual que el oído, y el corazón. ¿Tan difícil es escuchar y prestar atención? Parece ser que, en ocasiones, sí que lo es.
No nos damos cuenta, o no queremos hacerlo, de que todos necesitamos de todos, en una frase…”El ser humano, se necesita”. Pero estamos pendientes de otras cosas, que no critico, pero que nos dan más bien poco y, en ocasiones, nada.
Seguiré en esta habitación que diariamente habla de ti, y me conmueve aquello que nunca dijiste, en la carta que no recibí. En mi soledad más acompañada de letras mudas, sigo mi viaje por las notas de aquella música que te identifica.
Un día, hace ya mucho tiempo, recibí una carta perdida en el espacio del tiempo, y en la soledad de un alma, sola y triste. Era una carta que jamás esperaba recibir, como la tuya, y que sus palabras impregnadas de dolor y angustia, necesitaban ser leídas. Por supuesto que las leí, y me introduje dentro de la persona que la enviaba. Recuerdo que esa carta me abrió los ojos a un mundo nuevo y desconocido hasta entonces por mi. Su remitente, me confesaba cosas que no voy a desvelar, pero sus palabras las hice tan mías, que pronto comprendí que nadie las escribía.
Esa carta es mi vida, su remitente era yo, que en mi soledad quise comunicarme conmigo mismo, y me escuché…desde entonces me tengo. Y me propuse ayudarte, por eso hoy aun sigo teniendo fe, y dedico este escrito…”A la carta que nunca recibí”
Agustín Ballester Herrero. (A.B.H.)


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