Se marcharon
del viejo molino
las golondrinas
que allí anidaban.
Las que entraban
y salían
con comida para sus hijos
y barro para sus nidos.
Volverán como todos los años,
trayendo un mensaje
de esperanza,
sin ti amor yo no soy nada.
Volverán llevando
en sus alas negras
un cántico de paz
y una rama de olivo
en sus picos
como la paloma blanca.
Damián Fernández García
(Alicante)
MUJER
Alza tu voz al viento
y pide con fervor
que este sentimiento
sea de amor.
Mujer de mirada serena,
mujer de belleza sublime,
mujer que corres por mis venas,
haz el favor y dime
que tuyas son mis penas.
Agustín Ballester Herrero (A.B.H.)
(Ediciones A.B.H.)
(Ediciones A.B.H.)
¡AY! MI CORAZÓN HERIDO
Era primavera y la seda de la luz hilaba los cristales. Era primavera y el sol era un zagal con pantalones cortos con una moneda de cobre.
Era primavera. Y dijo mi madre: ¿Por qué no llevas al niño contigo?
Y eso me animó. Mi madre me impulsaba. Sabía mis cosas. Sabía mis querencias. Sabía como gozaba mirando las amapolas en los trigales.
Y quizás fueron estas palabras alentadoras de mi madre, las que me hicieron concebir más esperanza.
Pero mi hermano a veces le daba por negarme. Y aducía que era un vago y que no estudiaba. Y que no sabía nada más que mirar. Quedarme embelesado mirando y jugando.
Mi hermano decía, y con razón evidentemente, que el tiempo me otorgaba distinta oportunidad a la que él, había tenido un tiempo antes, y que debía estudiar para labrarme un porvenir. Y a veces tenía por costumbre negarme cosas.
Por agotar el último recurso salí a la calle tras él. Por agotar el último momento. Por si cambiaba de parecer. Y accedía al fin a decirme: anda sube. Y se me hiciera un potrillo desbocado el corazón.
Pero no. Pero no. Y al llegar al camión vio a mi primo Manolito y le dijo: anda ven. Y aquello fue, aquello fue como si todo se me negara.
Le echó mi hermano a mi primo Manolito el brazo por el hombro. Y a mi me dejó asombrado en la cuneta. Deslumbrado y vacío.
En aquel instante mi corazón dejó de latir. Se me hizo un nudo en la garganta. Y en los ojos una profundidad. Una profundidad candente.
Se iba mi hermano. Y se llevaba a mi primo. A mi me había negado; “anda vete y estudia…”.
Tuve vidrios en mis manos. Tuve hielo en mis pies. Y no tuve superficie donde sostenerme. Sentí degradaciones íntimas. Sentí que todo se me acababa. Y se me negaba.
Sentí que no podía llorar, aún sintiendo como sentía tanta pena. ¿Cómo era que no podía llorar? ¿Cómo era que no me salían las lágrimas? Hasta mis ojos me negaban ese consuelo. Esa última caridad de la pena.
Y fue en ese instante. Ese instante traspasé el espacio de mi vida habitada. Y deseé la muerte.
Yo sé cómo era aquel deseo. Era acabar. Irte para siempre. Salir de ti y no volver jamás.
Y me tumbé en la carretera. Y sentí que me consolaba aquella decisión. Estar en posición de ir hacia la muerte.
Y arranqué a llorar. Unas lágrimas empaparon el polvillo de la carretera.
Llegaron unas manos y me alzaron.
Era una mujer, no me acuerdo de su rostro. Sólo su voz: ven bonito. No llores.
Y aquellas manos calientes. Aquel apretón en mi pecho me llevó a mi casa. Y me tumbé en la cama. Y recuerdo que soñé que quería estar triste para siempre.
Y aquello dejó para el resto de mi vida una huella imborrable. Esa huella aún me deja amar con tanta fuerza. A quererme sujetar.
Y aquello dejó para el resto de mi vida una huella imborrable. Esa huella aún me deja amar con tanta fuerza. A quererme sujetar.
Porque eso es amor. Eso es el querer cuando se pierde. Una cornada que te deja suspendido en el aire. Sin suelo. Sin realidad. Sin consuelo hasta que vuelves a pisar lo cotidiano.
Manuel García Centeno
(Paracuellos del Jarama. Madrid)
Mª Estela García. (Alicante)
“Mi soledad”
La soledad elegida
No es dañina,
La soledad elegida
Abre tu alma y la mía.
Busco esa paz
Que en otros no encuentro,
Solo en los momentos
De paz y sosiego.
La soledad elegida
Es parecida
A la alta montaña
Que algunos culminan.
Mª Estela García. (Alicante)



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