LA CITA
en primicia y como adelanto para enero de 2012
Esta es la portada Nº 70 de LA CITA
EDITORIAL:
“Nuevo año…nueva vida”. Este es el dicho popular cambiando un poco las palabras, y es muy cierto. Las costumbres crean hábito, rutina, y en definitiva llegan a aburrir. Este no es el caso que nos trae a cuento, ya que la prosa o el verso, en la Cita , lo ponéis vosotros/as, y de verdad os digo que sois geniales, y desbordáis talento. Pero, para seguir haciendo realidad los sueños e ilusiones de todos y cada uno de vosotros, hemos de cambiar las normas, ya que sin colaboración económica o en sellos, no podemos seguir. Pienso yo que será la “crisis”.
No deseo ni quiero hacer una revista bimensual porque, entre otras muchas cosas, el principal perjudicado sería un servidor, esta es, y siempre ha sido, mi ilusión compartida con vosotros, y mi ilusión sin vosotros no existiría.
Pero para suplir esa falta de colaboración se ha de hacer algo, y de hecho se va a hacer progresivamente. Desde hace tiempo he notado cierta relajación en algunas personas, y falta de interés en todos los sentidos. Esto influye negativamente en los ánimos editoriales, y hemos de erradicar esta situación tan desagradable, porque va, negativamente, en contra de nuestros principios artísticos y literarios.
Siento hablar tan claro y ser, quizás, tan brusco, pero es lo que hay, y así no podemos seguir.
Dicho esto, únicamente me resta desearos un ¡Feliz año 2012! Y lo digo de corazón. Ojala esta crisis, esta falta de empleo, y de valores humanos, se salden este nuevo año. De momento, vamos a leer, y creo que a disfrutar de la nueva edición de La Cita que con tanto amor y cariño hacemos entre todos.
Un fuerte abrazo.
El caballito de cartón
Hay un lugar donde descansan los juguetes cuando nos olvidamos de ellos.
En ese edén, donde se entretienen los muñecos, jamás llueve porque su naturaleza es tan sabia que no necesita del agua.
Los caballitos de cartón hacen lo que antes nunca pudieron hacer, liberar sus pezuñas prisioneras y trotar por praderas de hierba y tréboles.
Los niños de ojos tristes, esos que con sus infantiles manos nunca palparon la fantasía de un juguete, se suben a la grupa de los caballitos de cartón.
Aunque no hay soles ni lunas, los niños de ojos tristes con sus risas y regocijos, crean la claridad y el azul que ilumina el paraíso donde se divierten los cachivaches y corretean los caballitos de cartón.
No le faltaba detalle.
Jáquima de cuero. Grana y ocre la silla de montar, dos estribos enjutos se descuelgan de la montura.
De alzada mediana, canela su color dominante con unas blancas manchas verticales en frente y patas que confirma la condición alazán de su pelaje.
Ojos marrones relucientes. Alargadas las patas que soportan su naturaleza, tres de ellas verticalmente apoyadas.
Desde la rodilla para abajo se dobla elegantemente hacia atrás la cuarta, mostrando el negro casco de la pezuña.
Allí estaba en el puesto del feriante, en medio de la Calle de la Feria , expuesto como un Santo en su hornacina.
Me gustó aquel caballito de cartón.
De la mano de mi padre, paseábamos.
Añoro las recias manos de mi padre. Encallecidas por el duro y nunca bien ponderado oficio, de labrador de campos.
De regreso a casa pasamos por delante del puesto donde se encontraba el alazán de cartulina.
Apretando su mano le pedí que se parase, quería ver otra vez el caballito.
Miró mi cara entusiasmada. Dibujó con su mano una caricia sobre mi cabeza.
Luego sonrió.
Después de comer, la siesta.
Soñé con caballitos de feria cabalgando por los campos. A la grupa de un alazán de ojos marrones, me vi trotando.
Pasó la meridiana en un suspiro.
Como otras tardes me dirigí pasillo abajo hacia la fresca cantería del umbral de la entrada.
Llegando al zaguán vi un paquete cuidadosamente envuelto. Con curiosidad me acerqué.
-Ábrelo-, dijo mi padre.
Nerviosos me arrimé al bulto, retirando su cubierta de una forma desordenada.
Allí estaba el caballito, tal cual lo había visto.
Inquilina de sus alforjas. La fantasía.
A lomos del caballito se mostraba el país de la ilusión, a los chiquillos soñadores que recorrerlo quisieran. Cuantos amaneceres salpicados por amapolas y malvas, recorrí con mi caballito de cartón.
Al raso, se me olvidó una noche en el corral. Llovió mucho esa madrugada.
Maltrecho lo encontré al día siguiente.
Sus ojos se deslizaron con la oscuridad, dibujando lágrimas marrones por sus mejillas. No hubo remedio, el mal de la lluvia, descompuso su esencia de cartón.
Antonio Dávila García.
(San Sebastián – Guipúzcoa)
Fotografía de Ignacio Alcántara Godino.
Torredelcampo - Jaén
SER AGRADECIDO NO ES TORPEZA,
ES USAR BIEN LA CABEZA
De desagradecidos está lleno el mundo. Una locución muy genérica y no del todo inequívoca como pueden certificar algunas personas que son fieles a los refranes populares. Digo esto por el hecho que voy a exponer a continuación.
Una persona estaba sentada a la puerta de su casa comiéndose una bolsa de palomitas, plácidamente. Minutos más tarde pasa un chiquillo de la casa vecina en su bicicleta y se detiene frente a él, haciendo una pequeña pausa en su recorrido. El niño al ver que su vecino disfrutaba sus palomitas no pudo aguantar la tentación y le dijo:
- ¿Me das palomitas?
El otro inmediatamente estiró su brazo, sin vacilar un segundo, ofreciéndole la bolsa de maíz inflado. El chico cogió un pequeño puñado, se lo llevó a la boca y continuó su camino.
Varios días después el chiquillo pasaba por la calle, pero ahora era él quien llevaba una bolsa de palomitas en la mano. Advirtió que su vecino salía de su casa y raudamente se le aproximó:
-¿Quieres palomitas? Con educado ofrecimiento alargó su brazo para que cogiera el maíz. El otro le dijo:
- ¡Oh sí, claro que sí! ¡Gracias! Tomando un pequeño puñado.
El niño afablemente y ostentando retribución y educación, respondió:
- ¡De gracias, nada! ¡El otro día me diste tú a mí!
Por lo tanto la frase “de desagradecidos esta el mundo lleno” no se puede generalizar en ningún caso. Como se recoge en otro refrán “A bien obrar, bien pagar” y es que “amor con amor se paga” por lo cual si las malas noticias vuelan, las buenas deberían de ser las primeras.
Relato de Ignacio Alcántara Godino
Ignacio Alcántara, recitando en una velada poética.
En estos tiempos, ya en pleno tercer milenio, pareciera que la maldad gana día a día más terreno en las acciones humanas, en desmedro de la bondad. Las señales son innumerables para respaldar tal hipótesis, pues sólo al prestar atención a los noticiarios se pueden conocer hechos que horrorizan por su crueldad y cotidianeidad. Y no necesariamente me refiero a aquellos actos delictuales y violentos como estafas, robos, asesinatos; sino también a aquellas conductas casi imperceptibles que han pasado a ser aceptadas y justificadas y que determinan un incorrecto actuar. Así, es posible percibir como la mentira, la envidia, la vanidad, el orgullo, la pereza, el egoísmo, el mal carácter, conforman hoy por hoy la personalidad de un ser humano. Muchas veces son características erróneamente reforzadas desde la infancia por los padres y sociedad bajo la premisa de “que el niño llegue a ser una persona fuerte y que nadie lo pase a llevar”, sin embargo se excluye el hecho que también los otros son personas con iguales derechos y que probablemente pueden ser mejores. Es decir, se refuerza el individualismo y se enseña a reconocer lo malo usándolo como una herramienta de vida, pero se omite que hay otra cara en la moneda, la bondad, y que su valoración es indispensable para lograr el desarrollo sano e integral del ser humano.
La capacidad de discernimiento entre lo bueno y lo malo, lo correcto y lo que no lo es, perdió el equilibrio. ¿Quién recuerda y practica el significado de las siguientes palabras? Piedad, devoción, obediencia, honestidad, caridad, misericordia. Estas son acciones que también están en la balanza, en el platillo de la bondad y que día a día se olvidan, en especial en la educación de las nuevas generaciones.
Hace algún tiempo, se subió un video a un sitio de Internet que mostraba a un niño cercenando con una tijera la cabeza de un pequeño gorrión vivo, ante la expectación de sus compañeros de curso quienes reían y grababan el acto.
Ante este suceso despiadado cabe preguntarse ¿Quién actuaba con maldad? ¿El niño? ¿Sus compañeros? ¿Sus padres? ¿Los profesores? ¿El sitio de internet? ¿La sociedad? La respuesta es simple: TODOS. Algunos por hacer y participar directamente y los otros por instruir, permitir, tolerar, ser indiferente, descuidar, etc.; es decir unos por acción y los otros por omisión.
La maldad seguirá ganado terreno diariamente pues cada vez más son escasos los signos y esfuerzos que hacemos todos para interrumpir su paso aniquilador, en especial en aquellos que serán adultos en los próximos años.
Marina Flores Rozas. (Chile)
NOTA:
Algunos textos o imágenes pueden no estar incluidas en la revista oficial de LA CITA en su edición de Enero de 2012
El aire abanicaba las hojas de los árboles. Todo era silencio. Las rosas al borde del camino suicidaban sus pétalos. Era el mes de abril y la tierra tenía sed.
-Buenos días, mire yo venía a dar sepultura a esta pierna- señaló con la mano en la bolsa. El enterrador dio fuego al pitillo que tenía en sus labios.
-¿Está usted empadronado?
-Pues no.
-Vaya usted al ayuntamiento, empadrónese y paga el nicho.
Así lo hizo. Volvió ajustado de tiempo. Ya estaba cerrado el cementerio, no sería abierto hasta el lunes. Qué fastidio –pensó-. Se hospedó y solicitó que le guardaran la bolsa en el congelador. Planchó las sábanas de la cama, con su cuerpo. El lunes a las nueve de la mañana se despertó. Desayunó. Solicitó la bolsa que había consignado en el congelador. Pagó y se marchó. Llegó al cementerio y localizó al enterrador que estaba dando de beber a los rosales.
Le entregó el título de propiedad del nicho. Era en la planta baja. Él mismo metió la bolsa. Ya tenía previsto el enterrador los ladrillos y la pasta de cemento y arena.
Se dispuso a tapar la sepultura. Y cuando iba a poner el último ladrillo el difunto de la pierna empezó a llorar, luego a gemir. “Con los buenos ratos que hemos pasado, pierna de mi vida. Aquí te quedas sola hasta que mi cuerpo te haga compañía. ¡Qué solita te quedas!
Le dio al enterrador cinco euros de propina, le dio la mano y se despidió. Se montó en el auto. Se tocó su pierna ortopédica. Y pensó: Dos días para poder enterrar mi pierna y qué sola se queda.
Bien, este ha sido un pequeño anticipo
a modo de exclusiva.
Si deseáis agregar algún poema o escrito para
publicar en la edición de febrero, podéis escribirlo aquí,
a modo de comentario.
Un fuerte abrazo.
A.B.H.




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